50 años: Terrorismo, Economía y Ambiente

Por: Área Comunicaciones,
Conciencia Solidaria ONG
@ConcienciaSolidariaONG

Hoy, 24 de marzo, Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, nos convoca la memoria. Pero no una memoria tranquila, ni decorativa. Nos convoca una memoria que incomoda, que interpela, que exige. Porque recordar no es simplemente traer el pasado al presente. Recordar es, ante todo, intentar comprender. Comprender qué ocurrió, cómo ocurrió y —sobre todo— por qué ocurrió.

En 1976, un golpe de Estado interrumpió el orden democrático e inauguró la etapa más oscura de nuestra historia reciente. La dictadura cívico-militar desplegó un plan sistemático de secuestro, tortura, desaparición forzada de personas, apropiación de niños y niñas, censura y persecución. A ese plan lo nombramos con precisión: terrorismo de Estado. Y es importante sostener esa palabra sin eufemismos. Porque no se trató de excesos, ni de errores, ni de una guerra. Se trató de un Estado que utilizó todo su aparato para sembrar el terror en la sociedad. Ahora bien, si nos detenemos solo en el horror, corremos el rie sgo de no comprender su lógica. El terrorismo de Estado no fue un hecho aislado ni irracional. Fue una herramienta. Una herramienta para disciplinar a la sociedad, para desarticular organizaciones populares, para eliminar toda forma de resistencia política, sindical y social. Y, fundamentalmente, fue la condición de posibilidad para imponer un modelo económico. Un modelo económico neoliberal que transformó de raíz la estructura productiva del país: apertura económica, valorización financiera, endeudamiento externo y concentración de la riqueza. Un modelo que necesitaba del silencio. Y para que hubiera silencio, tuvo que haber miedo.

En ese sentido, el terrorismo de Estado y la implementación de ese modelo económico neoliberal forman parte de un mismo proyecto histórico. Separarlos es fragmentar la comprensión; es volver incomprensible lo que, en realidad, fue profundamente coherente. Por eso, la memoria no puede limitarse a la condena del pasado. Tiene que ser también una herramienta crítica para leer el presente. Porque las disputas de fondo no desaparecieron. Se transformaron.

Hoy, en democracia, vemos cómo resurgen discursos que relativizan el terrorismo de Estado, que intentan reinstalar la lógica del “exceso” o de la “teoría de los dos demonios”, diluyendo responsabilidades. Pero también vemos algo más profundo: la persistencia de matrices económicas y sociales que reproducen desigualdad, exclusión y concentración, muchas de ellas heredadas o reformuladas a partir de aquel modelo económico neoliberal.

Y en ese marco, asistimos a nuevas formas de avance sobre nuestros bienes comunes (antes conocidos como recursos naturales), concebidos no como aquello que sostiene la vida, sino como mercancías disponibles para la explotación. La actualidad nos ofrece ejemplos concretos: los intentos de modificación de la ley de protección de los glaciares y del ambiente periglaciar ponen en discusión no solo una normativa, sino una concepción de país. Porque cuando se debilita la protección de los glaciares, no solo se afecta el ambiente. Se redefine quién decide, para quién y a costa de qué.

Por eso, decir “Nunca Más” implica mucho más que rechazar el terrorismo de Estado. Implica también rechazar las condiciones que lo hicieron posible. Implica cuestionar los modelos que requieren disciplinamiento social para imponerse. Implica no naturalizar la desigualdad ni aceptar que el mercado sea el único organizador de la vida colectiva.

La memoria, entonces, no es un refugio. Es una posición. Una posición que nos obliga a incomodarnos, a revisar, a discutir. A no aceptar explicaciones simples para procesos complejos.

Hoy recordamos a las y los 30.000 desaparecidos. Pero recordarlos no es repetir una cifra: es asumir lo que esa cifra significa. Significa reconocer que hubo un proyecto de país que fue violentamente interrumpido. Y que las preguntas que ese proyecto planteaba siguen abiertas.

¿Qué sociedad queremos?

¿Quiénes se benefician y quiénes quedan afuera?

¿Qué lugar ocupa la vida frente a la lógica de la ganancia?

Tal vez la forma más honesta de sostener la memoria no sea encontrar respuestas definitivas, sino no dejar de hacernos estas preguntas. Porque una sociedad que deja de preguntarse, empieza a naturalizar. Y una sociedad que naturaliza la injusticia, se vuelve peligrosa.

Por eso, hoy, más que nunca, la memoria es un compromiso. Un compromiso con la verdad, con la justicia, pero también con el presente. Para que el “Nunca Más” no sea solo una consigna, sino una práctica viva.