Se inaguró el archivo histórico de Ilse Fuskova

En el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en Argentina (CeDInCI).

 

 

Conciencia Solidaria ONG, en contexto de su Campaña Nacional "Igualdad", acompañó, a través de su Coordinadora de Campaña, Lic. Mariela Silvestein, a Ilse Fuskova, el día de la donación de una caja con documentos al CeDinCi. Ilse es una activista y artista visual argentina, comenzó a militar en el feminismo y en el movimiento lésbico a mediados de los años '80.

El fondo cuenta con numerosos artículos periodísticos, fotografías, escritos, volantes, folletos y otras publicaciones, que forman parte del acervo constituido por Ilse Fuskova en tanto activista lesbiana. Desde la primera marcha del orgullo "gay lesbiano" (1992), a diversas entrevistas más recientes que recorren su rica trayectoria.

También se encuentran programas de exposiciones en las que participó Fuskova, retratos y materiales vinculados a su participación, entre las décadas de 1940 y 1950, en la revista Chicas, dirigida por Ángel Divito.

 


Campaña Nacional: "Igualdad"

Coordinadora: Lic. Mariela Silvestein

+54 911 3265 5010

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La agroecología, una producción artesana para alimentar al pueblo


La Cooperativa San Carlos se ha convertido en una referencia de la zona periurbana de la Ciudad de Córdoba.


Por Leonardo Rossi para Conciencia Solidaria ONG

“Ojala que pudiera
el hombre con su presencia
ser amor, flor y fruto
desparramando su siembra
para que los que vengan
no sufran por su existencia”.
(El que siembra cosecha, Horacio Banegas)

 


Cada sábado en la Feria Agroecológica de Córdoba cientos de personas se acercan en busca de alimentos sanos, producidos sin usos de pesticidas ni fertilizantes de síntesis química, que sean elaborados por pequeños productores, unidades familiares o grupos cooperativos. Frutas, verduras, yerba, plantines, fideos, harinas, mieles, entre otros producciones habitan en este espacio. Una referencia ineludible en materia hortícola es la Cooperativa de Trabajo San Carlos, miembros de la feria desde sus días de inicio allá por los finales de 2013. Unos minutos al sur de la cuidad se encuentra la chacra de estos agricultores familiares donde crecen las
diversas producciones que ya se han ganado un lugar destacado en el ‘boca en boca’ de los consumidores que eligen hacer del plato de comida una herramienta para construir un mundo más habitable. Hacia allá nos mueve el día.


Tres datos


Un ave se cruza por detrás de Antonio (65) y Oscar (59). Aterriza veloz a sus espaldas. Se observa de forma nítida que busca lombrices. Dato 1: la tierra tiene vida. Los hermanos Córdoba caminan de norte a sur, de forma perpendicular a los surcos sembrados y se tomarán un buen rato para explicar con paciencia y dedicación docente cada cultivo, sus características, la interacción entre diversos insectos y las plantas. Todo acá tiene sentido de ser, las intervenciones sobre las verduras son puntuales y muchas veces incluso buscan potenciar eso que bajo la lógica de la agricultura dominante debiera desaparecer. Manejo integral, aprovechamiento de la biodiversidad, sistema complejo, puede escucharse en algún ámbito técnico. Volver a las fuentes o agroecología, surge en el sentir de estas tierras, donde produce la ya emblemática ‘Cooperativa San Carlos’.


Este colectivo, integrado por seis familias, 18 socios, tiene su base de trabajo al sur de la capital provincial. Los campos, que reúnen unas 27 hectáreas, están en el kilómetro 10,5 del Camino a San Carlos. Entre monocultivos de soja y modernos countries, irrumpen estos lotes como un arcoíris que brota del suelo: lechugas y zanahorias están en flor, a la espera de ofrendar semillas. Se combinan con otras tantas especies que “en otros campos son vistas como malezas”, dice Antonio. La primera parada es frente a los extensos surcos adornados por las flores blanquecinas de las zanahorias. Diversos tipos de “abejitas” van y vienen, se posan un momento, se elevan y retornan a esos pintorescos racimos. “Todo esto tiene que estar, porque esas abejas nos ayudan a cuidar las lechugas de que las agarren los pulgones, que la debilitan mucho”, explica Oscar. Dato 2: La matanza indiscriminada de bichos no reina en estas tierras. Unos pasos más adelante, entre las lechugas, Antonio se agacha, rastrea las bases de las plantas y muestra la comunidad de vaquitas de San Antonio que allí habitan. Ese pequeño bicho es otro aliado fundamental de estos productores. “Están en la parte baja, donde se alimentan de los pulgones, entonces cuantas más vemos sabemos que la planta está mejor, porque no está perdiendo nutrientes.” “Hay campos convencional acá cerca que este año han tenido que arar lechuga de la cantidad de pulgón que había. Y nosotros sin echar nada, tenemos bien las plantas, porque dejamos flores, dejamos si el pulgón agarra un repollo que se coma esa parte, que trabaje ahí, que después vaya la avispa y lo mismo la vaquita de San Antonio.”


Lo que explican desde su vivencia estos hermanos dialoga con numerosos estudios científicos que dan cuenta de los beneficios a la salud de la naturaleza como un todo de este tipo de agricultura. Dice la investigación ‘Suelos saludables, plantas saludables: la evidencia agroecológica’ (1) que “los fertilizantes químicos pueden influenciar dramáticamente el balance de elementos nutricionales en las plantas, y es probable que su uso excesivo incremente los desbalances nutricionales, lo cual a su vez reduce la resistencia a insectos plaga”. Por el contrario, las prácticas agroecológicas incrementan “la materia orgánica del suelo y la actividad microbiana y una liberación gradual de nutrientes a la planta, permitiendo teóricamente a las plantas derivar una nutrición más balanceada”. El estudio concluye: “los bajos niveles de plaga reportados extensamente en los sistemas orgánicos se deben en parte a la resistencia de las plantas a las plagas, mediada por diferencias bioquímicas o de nutrientes minerales en los cultivos bajo tales prácticas”.

Así, con ese cuidado por los equilibrios, los hermanos Córdoba trabajan cada día en la producción de alimentos. No cuentan con grandes maquinarias, se aplica azada y utilizan un tractor de la década del setenta. Tampoco simplifican la tarea a chorro de pesticidas y fertilizantes industriales. Potencian la ‘micro-fauna’ existente, dejan que la flora haga su parte, y utilizan bio-preparados a base de ajo, bolas de paraíso, ortiga, plantas como la cola de caballo, y hongos. Dato 3: en este campo se puede respirar tranquilo.

 

Sanación

 

Este presente de producción en armonía con el ambiente no nació de un pálpito, más bien se parió a fuerza de dolorosas historias. En las largas décadas empleados como peones, los hermanos Córdoba aprendieron a sembrar, cosechar, manejar tractores y a fumigar. De esto último, también aprendieron los dolores físicos que el día a día del manejo de productos con alta toxicidad dejaba en sus cuerpos. “Uno no sabía lo peligroso que era. Se usaba siempre, era lo que te decían que hacía falta para las plantas. Nos poníamos la mochila al hombro y salíamos. A la noche no dormía de la picazón en la piel y eso era el veneno que tenía en el cuerpo, que te atacaba mucho”, rememora Oscar, mientras Antonio asiente. Entre las crudas descripciones, recuerdan que otro hermano fue el más afectado, con lesiones que le llegaron a dar parálisis. Con el paso de los años, la familia comprendió la dimensión de la problemática: los venenos eran dañinos para su salud, continuar con ese tipo de actividad era un camino sin salida. “A veces nos metíamos en reuniones de productores grandes, y ahí escuchamos hablar de ‘el hombre descartable’, que no era otra cosa que el peón, es decir: nosotros”, agrega el
mayor de los hermanos.

Si por un lado las enfermedades derivadas de la actividad bajo esos estándares ya marcaban que había que tomar otro rumbo, la irrupción agresiva del modelo de ‘agronegocios’ con la soja a la cabeza terminó de empujar el nuevo proyecto. En una zona históricamente fruti-hortícola, los campos comenzaron a arrendarse o venderse para el monocultivo de moda. “Donde trabajaban veinte, treinta o cuarenta personas ahora trabajaban dos”, apunta Antonio. La
cuestión era más o menos así, según explican: los hermanos Córdoba estaban grandes para comenzar a experimentar con un nuevo oficio y demasiado jóvenes para dejar de trabajar. Pero lanzarse en soledad a arrendar un pedazo de tierra y ponerse a producir no era la mejor opción, cuando el mercado y el Estado no ponían las cosas nada fáciles. Tener el capital para arrendar, maquinaria y herramientas adecuadas, transporte en condiciones para mover la producción eran algunos de los requerimientos que hacían imposible un proyecto unipersonal.

La alternativa no tardó en gestarse: “nos hicimos cooperativa por necesidad”, resumen. El inicio del proyecto incluyó a los tres hermanos, y a otros productores de la zona. Contaban con algunas hectáreas propias, y el resto debieron arrendar. Poco a poco modificaban sus prácticas, reducían el uso de químicos, e intentaban llegar con esas verduras al Mercado de Abasto. Las lechugas de esta chacra ya lucían distintas que las del resto de los quinteros que arribaban al centro distribuidor de la capital provincial. Tenían un tamaño más pequeño, no todos los atados presentaban la misma forma, y lo peor de todo para la lógica industrial: tenían bichos o signos de haber sido hábitat de diversos insectos. Los verduleros cargaban sus camionetas sin siquiera arrimarse a las producciones de estos hermanos. Con suerte, si en el resto de los puestos había faltante de alguna acelga o una papa podían concretar algunas ventas. “En el Mercado nos decían: ‘cuándo los negros Córdoba van a traer verdura sin bicho’”, recuerda Antonio. Explicar el daño causado por la aplicación de los agroquímicos, que conocían de primera mano, o enseñar acerca del bienestar de una planta no rociada con venenos era una tarea cuasi absurda en ese terreno. “Nosotros sabemos que esa fruta o verdura grande, pareja sin manchas estuvo pasada por un montón de venenos y fertilizantes químicos que son muy tóxicos. Pero se estableció que sólo se vende eso y que la gente quiere eso.” La práctica de esta familia evidencia lo que bien explicó la antropóloga argentina Patricia Aguirre: “Cuando consideramos ‘natural’ un hecho alimentario hay que desconfiar (…) terminamos considerando a las categorías impuestas por los usos sociales como pertenecientes al producto mismo.” La comida no es otra cosa que “la manifestación de relaciones sociales”, en este caso cruzada por el capitalismo neoliberal actual. “Nuestra alimentación industrial nos inunda de productos atractivos pero insípidos; los alimentos naturales son una rareza, las manzanas son hermosas para mirar, pero saben a corcho cuando son comidas. Por otro lado, nunca se sabe qué productos han utilizado en su cultivo: a menudo se trata de sustancias que en otros países han sido prohibidas.” (2)


Agroecología desde la semilla


La mañana en el Camino a San Carlos se presenta calurosa. El sol pega filoso sobre las espaldas. El viento toma temperatura. Los hermanos improvisan una sala de reunión en un galpón, un reparo. Unos canastos de verdura sirven como sillas y mesa para armar la ronda. Antonio afina por teléfono varias cuestiones ligadas a la organización de la cooperativa: visita de técnicos, puesta al día de aspectos administrativos, y preparativo del viaje a Buenos Aires que realizará en horas como miembro del Federación de Organizaciones Nucleadas en la Agricultura Familiar. Quiere conversar a fondo con el cronista. Termina de ordenar su rutina y se dispone a charlar con pausa. Se nota en sus gestos, en su hablar y en el tiempo que dedica a cada intervención que compartir la experiencia de la chacra es algo que hace con gusto.

Antonio y Oscar narran paso a paso las distintas técnicas que incorporaron con el venir de los años. Dejar de lado los plaguicidas, intentar roturar lo menos posible el suelo, incorporar la preparación de fertilizantes naturales en base a guano y residuos orgánicos que la propia chacra aporta. Toda una nueva forma de vincularse con el campo. “Cuesta hacer la transición, no fue fácil, pero hoy ya está encaminado y va cada vez mejor”, dice Antonio. Oscar cuenta que llegó un momento en que la cooperativa debió tomar decisiones tajantes. “Decidimos que había que producir sí o sí de forma agroecológica dentro del grupo, y eso generó tensiones, pero hoy logramos que el total de lo que hacemos sea de esa manera.” Esto ocurrió hace unos seis años. De entonces a esta parte, este colectivo no paró de sembrar logros. De ser convocados a charlas académicas para contar su experiencia pasaron a ser parte de la semilla que dio vida a la Feria Agroecológica de Córdoba. “Agradecemos a los técnicos que se interesaron en nosotros, pero también mucho a esos jóvenes que venían a estudiar y se acercaban a conocernos y difundir nuestra actividad. Hace unos años era raro que en el Estado, los organismos hablen de agroecología y ahora tenemos un montón de jóvenes agrónomos que quieren trabajar con esto”, celebra Antonio, en torno a esas grietas que se abren en la monolítica lógica de la agricultura convencional.

Participar en la feria cada sábado no sólo sirvió para canalizar buena parte de la producción sino que además “hizo que se abran otros contactos y hacer nuevos lugares de venta”. En la actualidad no sólo llevan sus producciones a este espacio ferial sino que realizan repartos en diversos barrios y zonas periurbanas de Córdoba, además de hacer entregas en el propio lugar de siembra. “El que quiere verdura de estación, sana, sabe que viene y busca acá”, dice con orgullo el presidente de la cooperativa. En la actualidad cuentan, según la época del año, con rúcula, lechuga, zanahoria, tomates, pimientos, papas, zapallos, ajo, puerro, verdeo, maíz, calabaza, habas, espinaca, acelga.

Esta base alimentaria producto de un saludable proceso de siembra y cosecha se ha convertido en una referencia para muchas familias de la ciudad capital. No obstante, Oscar reconoce que a veces “cuesta llegar más con estas producciones a los barrios populares, porque ahí falta difusión de lo que significa un alimento de mejor calidad.” “A veces nos cuesta más ahí que elijan un producto manchado o con bichito, y no pasa por tema de precio porque uno se acomoda con eso”, agrega. Antonio va más allá: “El objetivo grande es poder alimentar al pueblo de esta forma. El alimento tiene que estar para todos porque las enfermedades con la mala comida le dan al rico y le dan al pobre. Yo sueño con que avancemos de a poco con lo territorial más cercano, luego con lo provincial y si se puede más porque no ir hacia otras zonas.”

Como para no dejar de fortalecer el proyecto, la cooperativa comenzó esta temporada una profunda apuesta soberana: contar con semillas criollas propias en cantidad y calidad. La propuesta se basa en limitar la actual dependencia del mercado, que escasea en calidad y abunda en precio, y de las variedades que entrega el INTA, que si bien han sido base para este tipo de emprendimientos aún son limitadas. Asimismo, esta propuesta de “autoabastecimiento territorial busca quebrar un sistema y completar el ciclo de producción agroecológica, desde el inicio hasta las manos del consumidor.” El proyecto buscará fomentar un banco de semillas con escala para este tipo de chacras, donde diversos productores puedan intercambiarse o acceder a variedades adaptadas a este tipo de producción. “Cooperación, solidaridad y aprendizaje colectivo” son los tres ejes que guían esta iniciativa, que como no podía ser de otra forma, tiene a la Cooperativa San Carlos como una de sus protagonistas.

La mañana continuará en la chacra, donde las semillas de lechuga ya piden ser descolgadas de sus frágiles envoltorios naturales. Flores amarillas y lilas se entremezclan por entre las habas para llamar la atención de miles de bichitos que vuelan a sus alrededores. A lo lejos se dejan ver los maíces. Los hermanos Córdoba caminan adentrándose en los sembradíos, y hablan de los surcos que habrá que carpir en los próximos días. “Le ponemos mucho al campo, esto que hacemos acá es una artesanía”, dice Antonio, para resumir en una palabra un rico y profundo proceso de agricultura que vuelve al alimento una base desde donde construir otros sentidos de sentir, de pensar y de vivir; alimento como hondo reservorio de esperanzas.

 

1 Nicholls, C. y Altieri, M., Leisa Revista de Agroecología (2008).

2 ‘Ricos flacos y pobres gordos. La alimentación en crisis’, Capital Intelectual (2010).

 


 

“Mi abuelo produjo toda su vida sin usar químicos, por qué no hacer lo mismo”

 

Horacio Campo hace de la agroecología un reencuentro con saberes familiares y la observación permanente de la tierra.

 

Por Leonardo Rossi para Conciencia Solidaria ONG

‘…soledad silvestre de su plegaria;

grito de la tierra dignificada.

Cada surco nuevo, cada semilla,

cada luna engendra, tu maravilla…

(Huella de los labriegos-Raly Barrionuevo)

 

“Si sabía que mi abuelo hizo toda su vida agricultura sin usar un agroquímico, sabía que la agroecología era posible.” Horacio Campo (33) hace escuela en la chacra familiar de Colonia Tirolesa, ese pedacito de tierra que vivió las transiciones del modelo agropecuario a lo largo de las últimas décadas. Está convencido que retornar a las raíces, y a la vez aplicar nuevos saberes, en pos de una agricultura que produzca alimentos sanos para la comunidad es una tarea que no puede esquivar. “Acá hay un gran potencial, una zona que podría abastecer a la mitad de la ciudad de Córdoba con productos agroecológicos, con trabajo rural, y tenemos que mostrar entonces que existen esas alternativas”, dice con énfasis.

 

 

Ahora sí, sanar las plantas

Minutos hacia el norte de Córdoba por la ruta A74 se encuentra Colonia Tirolesa. Hoy, una monotonía rural absoluta, que se alterna entre la soja y el maíz (en el mejor de los casos algo de trigo) bajo procesos con alta demanda de insumos químicos, destinados a la exportación en su mayoría, y en menor medida a biocombustibles para el mercado interno o para ser procesados en alimentos industriales de baja calidad nutricional. Durante el siglo XX, esta zona supo producir en cantidad alimentos variados para las áreas circundantes y más allá: papas, batatas, frutales dominaban las chacras. Originalmente, en las primeras etapas de estas colonias inmigratorias la práctica agrícola se basó en técnicas domésticas, el saber para cultivar se aprendía y transmitía de generación en generación. Con la Revolución Verde (masificación de ‘tecnología’ externa para mejorar rindes), los insumos químicos coparon primero la fruti-horticultura, y los técnicos convencieron a los productores de que su uso era lo mejor a la hora de cuidar las plantas. Luego les aseguraron de que esa modalidad era la única opción. Monocultura. Finalmente, el alto precio de los commodities, ausencia de políticas para la pequeña producción, y una maquinaria bien aceitada, --agronegocios, le llaman-- copó hectárea tras hectárea. En todo este corredor, aseguran, llegó a haber 10.000 hectáreas de papa, una actividad destinada al consumo interno, y hoy sólo quedan 600 hectáreas.

Nacido en el pueblo, y tras una breve estadía de seis años en Buenos Aires, Horacio está desde los siete años en este campo. Recibe en bicicleta al cronista y lo invita a seguir la huella que lleva hasta los surcos de cultivo, más bien de poli-cultivos: la diversidad es lo que destaca. Barba en sombra, gorra con visera, pantalón y remeras gastadas, alpargatas. Así anda Horacio en su tarea de observar las plantas, el suelo, el abono, el cielo. De eso, dice se trata esta actividad, la agroecología. “Escucho a otras personas que están en el tema, leo bastante, pero sobre todo esto tiene que ver con la observación, eso es lo fundamental.”

Este agricultor sigue el camino de su padre y su madre, Hugo y Ofelia, y que también le legaron sus abuelas y abuelos: Rosa, Fernandina, Antonio y Francisco. Este último, abuelo materno fallecido en 1969, “nunca en su vida usó un químico para las plantas”. Ese dato familiar funciona como guía, como semilla bien almacenada que estaba ahí, a la espera de brotar. A partir de la reconstrucción que hizo de las prácticas productivas que atravesó la región y su propia familia, asegura que “fue en los setenta que empezaron a meter los agroquímicos, pero ni cerca en la escala que se usan hoy”. Poco a poco las chacras familiares se volvieron ámbitos donde la utilización de esos productos “era algo normal, de todos los días”. “Uno sabía que era algo tóxico, pero no se pensaba mucho más, tampoco te decían ni explicaban más”, apunta Horacio. Y resume con notable claridad el poder del lenguaje, que invierte el sentido de lo que debiera ser: “Acá en el campo se ponía agroquímicos todo el tiempo, y se decía ‘vamos a curar’ las plantas”. No importaba si la planta estaba enferma o no. Los químicos se volvieron una obligación. Y la palabra ‘curar’, claro está, suena mejor que ‘envenenar’. Usar agroquímicos cuando no hacía falta, cada vez en mayores dosis, claro, se aleja bastante de lo saludable.  

Durante su infancia y en la adolescencia, Horacio pasó horas y horas en la actividad agrícola, junto a su padre y también con el abuelo Antonio. “La verdad que no me gustaba mucho esto del campo, me parecía monótono, hacíamos zapallitos todos los veranos, y también se hacían otras verduras en invierno, como lechuga”. Terminada la escuela, estudió técnico constructor, y alternó, como hasta hoy, entre ambas actividades. Pero en los últimos años, un proceso de reencuentro con la agricultura en su sentido original hizo que pusiera cada vez más energías en el suelo de la quinta familiar. “Todo comenzó con el juicio de Ituzaingó Anexo, porque ahí empecé a dimensionar más el tema del daño que hacían los agroquímicos. Una cosa era saber que es tóxico y otra que producen cáncer, malformaciones, y que podés trasladar esa problemática a las futuras generaciones. Ese caso me marcó mucho, y entonces empecé a pensar que acá había que producir de otra manera, y yo sabía por mi familia que se podía, que eso ya se había hecho”, cuenta al revivir ese entusiasmo que lo guió poco a poco por los caminos de la agroecología. Horacio empezó a asistir a charlas, conferencias e intercambios en torno a estas técnicas que no hacían otra cosa que retomar las experiencias de la agricultura campesina, indígena, chacarera que había sido dejada de lado a expensas de la supuesta eficiencia, tecnología de punta, y a fin de cuentas, un gran negocio para las compañías del agro. 

En honor a los saberes locales

Los inicios formales en la agroecología fueron hace cuatro años, meses más días menos. “Primero que nada lo hice para no envenenarme yo ni al ambiente ni a los vecinos”, reflexiona sobre esa decisión de reacomodar la unidad productiva familiar de la que hoy ocupa un cuarto de hectárea, camino a usar las tres que tienen en total. “Iba a los encuentros que organizaba Manuel Lagleyze (difusor de  técnicas agroecológicas), empecé a leer bastante sobre estas prácticas y retomar cosas que ya había hecho, porque siempre supe tener mis ‘huertitas’ en casa.” El paso a paso, incorporar nuevas variedades, mejorar la tierra con abonos naturales, y evitar la erosión del suelo llevan a que hoy esta chacra exhiba habas, coliflores, lechuga, rúcula, achicoria, tomates, pimientos, duraznos, frutillas en perfecto estado sanitario sin utilizar una gota de insumos químicos de síntesis. “La tierra la fui mejorando con abono natural, ahora estoy aplicando el bocashi, que es una técnica japonesa que difundió Jairo Restrepo[1] en América Latina, y es un abono orgánico fermentado”, comparte. En este caso el preparado tiene entre otros ingredientes que se suman a la tierra, aserrín y estiércol de gallina. Horacio voltea cada día con paciencia esa montaña de materia orgánica que servirá para alimentar de forma sana al suelo que produce los alimentos que él mismo consume. La relación entre la salud de la tierra y la salud de las plantas es directa. Mientras camina por entre los frutales, el joven productor insiste en que la agroecología implica un “gran trabajo de observación” y en base a esa disciplina afirma: “Rotar cultivos, tener una chacra diversa, y un buen abono hace que los suelos se recuperen, y eso lo ves en el color, la humedad, los organismos y las lombrices que hay en la tierra”. La consecuencia directa: “la sanidad y vigorosidad de las plantas, que no es otra cosa que la calidad de los alimentos”.

Es mediante este tipo de agricultura ecológica, la que durante siglos alimentó a la humanidad, que se minimizan las problemáticas que la propia agro-industria impulsa y que luego dice venir a solucionar. “Acá históricamente se hacían cultivos rústicos, papas, batatas, maíz, zapallos. Y yo lo que veo de esa agricultura tradicional es que el secreto, los saberes que había alrededor de esos cultivos, es que estaban adaptados a la zona de generación en generación, se conservaban las semillas, y que se apostaba a varias producciones. Y era mucha la superficie dedicada a esas verduras y frutas. Todo eso no necesitaba ningún cuidado especial, en concreto de los químicos, digamos”, relata Horacio, en busca de un poco de justicia para con la larga historia de las familias productoras que ofrecían alimentos en cantidad y en calidad. “Ahora la realidad es que después vino la soja, desplazó todo, se fueron juntando unidades productivas y se pasó de pequeñas parcelas a grandes áreas de monocultivo, y eso trajo plagas y enfermedades que se controlan con más y más fumigaciones”. Un verdadero espiral químico.

 

 

Encontrarse con el consumidor, unión y esperanza  

No conforme con su retorno a la agricultura ecológica, inquieto, Horacio entendió que había que salir a dar el debate al seno de la comunidad. Fue así que motorizó junto a otros productores de la zona, técnicos del INTA y de la (ex) Secretaría de Agricultura Familiar una Feria Agroecológica, que encontró la aceptación del municipio. Desde hace un año, una vez al mes estas frutas y verduras frescas, como así también los dulces de frutillas de excelente calidad que elabora, encuentran su espacio en la plaza de Tirolesa. “Hicimos la feria para mostrar a la comunidad que hay otra forma de producir, y entonces poder encontrarse y conocerse con el consumidor. Ahí se da una relación que es muy positiva, porque viene todo tipo de gente, jóvenes, adultos, familiares de grandes productores, personas que antes consumían este tipo de alimentos. Y es necesario que existan estos espacios en estos pueblos fumigados porque es el lugar para difundir que todavía existe otra forma de producir, que es posible”. 

Además de  a quienes compran en la Feria de Tirolesa y en la de Colonia Caroya, donde también asiste este productor, en la actualidad esta chacra abastece de forma directa a una docena de familias. Conocidos, interesados en una alimentación más sana, y gente que llegó por recomendación se acerca o recibe en su casa los frutos de las cosechas que realiza este joven.  “Es la base con la que trabajo ahora, y la idea es ir organizando bolsones por semana, y ampliar porque la verdad es que este tipo de relación con el consumidor que se fomenta desde la agroecología te permite obtener precios justos. La gran ventaja que tenemos es que evitamos los intermediarios, eso encarece las producciones. Pero de una misma superficie, si vendés en el mercado ganas diez veces menos; en la verdulería te gana todo el intermediario. Acá queda para el productor lo que ha trabajado.”

Antes de cerrar la conversación, Horacio se centra en el actual modelo de producción y distribución de alimentos, y su absoluta irracionalidad. Como denunció la arquitecta del INTA-Córdoba Beatriz Giobellina la ciudad capital de la provincia debe abastecerse en más de la mitad de sus verduras de hojas de otras regiones del país, siendo que cuenta con un cinturón peri-urbano que  podría hacerlo[2]. Lo mismo puede pensarse en torno a hortalizas que llegan de Mendoza, frutas del norte del país, lácteos de distancias cada vez más alejadas y que en sus procesamientos hacen escalas absurdas. Los circuitos alimentarios de proximidad no sólo son beneficio para ganar terreno a la producción agro-industrial en términos ambientales, permiten acceder a alimentos más frescos, generan arraigo rural, minimizan notablemente el impacto energético del modelo agroalimentario, y con políticas activas resultan beneficiosos en precio tanto para consumidores como productores.

De fondo, no hay otra cuestión que una disputa por el territorio, por la soberanía alimentaria, por la construcción del espacio o bien al compás del mercado o en favor de las necesidades humanas básicas como es el derecho a la alimentación. “Acá, en Tirolesa, estamos prácticamente en el kilómetro cero de la ciudad de Córdoba, la zona tiene un potencial enorme que está siendo desperdiciado. Estamos llenos de soja y la ciudad está desabastecida, mientras que acá podríamos tener unas 4.000 hectáreas destinadas a producir alimentos sanos que puede alimentar media ciudad de forma agroecológica”, dice Horacio, con voz calma, en un intento por demostrar que su razonamiento es puro sentido común.

Un reciente trabajo del Observatorio de Agricultura Urbana, Periurbana y Agroecología del INTA,  dirigido por Giobellina, hace diagnóstico y plantea propuestas concretas para Córdoba en este sentido[3]. Como síntesis de este proyecto, se enfatiza: “La interrelación equilibrada y respetuosa, simbólica, cultural, económica y físico-ambiental entre el campo y la ciudad, puede mejorar notablemente los estándares de calidad de vida de un territorio. Las funciones ecológicas y económicas que estos espacios prestan al medio urbano, su diversidad paisajística, su contribución a la educación pública, a la alimentación, a la cultura local, a la recreación, constituyen intangibles de altísimo valor que muchas veces no son contabilizados en los presupuestos públicos”. Horacio Campo, siembra cada día una semilla en ese camino, y marca los surcos que al norte de la ciudad capital invitan a esperanzarse y convencerse de que otra agricultura es posible, necesaria y urgente.

 

 

[1] Jairo Restrepo Rivera es un agrónomo colombiano-brasileño referente en la enseñanza de la agroecología, y en lo que se denomina ‘agricultura regenerativa’. Su web es http://lamierdadevaca.com/web/

[2] Entrevista en ‘Córdoba respira lucha. El modelo agrario, resistencias y nuevos mundos posibles.’ (Eduvim, 2016).

[3] El cinturón verde de Córdoba : hacia un plan integral para la preservación, recuperación y defensa del área periurbana de producción de alimentos / Giobellina ... [et al.] INTA, 2017.


 

Campaña Nacional "Veganismo"

1° de noviembre de 2017

Día Internacional del Veganismo

 

 

En un día tan importante para nosotros y nuestros hermanos animales, escribiremos sobre Sociedad y Nuevos Derechos. Reflexionaremos sobre cómo esto acontece en un devenir social, con distintos protagonistas, que arman el tejido y el avance de este nuevo paradigma jurídico, social y cultural. Más amplio, abarcante, que disiente del tradicional status quo, que cada vez se va quebrando más y más, dando lugar a lo nuevo.

 

En ese contexto, reflexionamos sobre la discriminación y el antropocentrismo. Inevitablemente pensar el concepto de otredad. Ese otro que atemoriza. Ese otro que pone en riesgo un cierto orden, por ser distinto a lo esperado. Ese otro que es el chivo expiatorio, o a veces, el sostén de la carga pesada, muy pesada, que sustenta los andamiajes del sistema social imperante, podríamos llamarlo, capitalismo-heteropatricarcal-especista.

 

Podemos recordar nuestra historia, ver el cambio y la ampliación de derechos de las mujeres. Cómo pudimos salir del espacio reducido de nuestras casas y abrirnos un lugar en el espacio público, trabajando, votando, esforzándonos, participando. Cambiando de rol. Dejando de ser aquella que sostiene emocionalmente al marido y los hijos, cocinando, limpiando, para que él pueda trabajar, trabajar y trabajar. Hoy, esto se está modificando y aparecen nuevas vinculaciones en las parejas heterosexuales, con un cambio de estructura, más equilibradas. Muchas veces ambos trabajan, y a su vez ambos colaboran en las tareas de la casa y el cuidado de los hijos. Están apareciendo nuevas masculinidades, porque están apareciendo nuevas femineidades. Y también están apareciendo nuevos formatos de familia.

 

También se ampliaron los derechos para homosexuales, travestis, transexuales, luego de mucha resistencia social y puja para que así sea. No se pueden negar los avances y los derechos ganados, más allá que tenemos que seguir firmes, porque a nivel mundial, y en Argentina misma, la violencia continúa, hay un reflote de la discriminación, la represión y la tortura, en distintos países del globo hacia este sector social, y también hay un Pink Wash en muchos sectores del capitalismo mundial globalizado, tanto en lo comercial como en lo político.

 

La lucha por los derechos de los negros, también nos inspira. Cómo ellos fueron luchando por el reconocimiento de sus derechos y para liberarse de la opresión.

 

Me gusta observar cómo esas ampliaciones de derechos emergen de profundas luchas, de gente que mucho tiempo resistió, se enfrentó a vivir la vida siendo distinto o distinta y no ocultó esa diferencia, pese a ser muchas veces, una minoría.

 

Como quién hoy, siendo vegano, va a un asado familiar comiendo distinto, pensando y sintiendo distinto, o directamente, y por esa razón, a veces, decide no ir, o llegar más tarde, sin temer ser discriminado u observado.

 

La discriminación por religión, por sexo, por edad, es parte de nuestra historia social y parte de nuestras luchas de inclusión y subversión del modelo hegemónico imperante.

 

Desde que nacemos, nos inculcan ideas erróneas que cruzan cuestiones de género y especismo, como se puede observar a través del lenguaje, con esto de caracterizar a humanos en forma negativa, mediante nombres de especies animales. Por ejemplo: la yegua, la rata, el zorro, que si es varón es un genio, pero si es mujer es una puta, con la consiguiente carga que esto también conlleva. Y así, podríamos seguir enumerando.

 

Además, desde la literatura, por ejemplo: en “Caperucita Roja y el Lobo feroz”, se ve claramente esta cuestión de la discriminación y la cuestión de género. La niña y la abuela, aparecen como indefensas y débiles, frente al lobo feroz; y a todas ellas, que seríamos todas nosotras, estas mujeres entre comillas tontas, sin fuerza, sumisas, nos tiene que salvar un hombre, en esta versión Susanita, de que tiene que estar “él”  para rescatarnos.

 

Todo esto está cambiando, se está quebrando. Emerge una nueva cultura, nuevos cuentos, nuevos libros, nuevas versiones de nosotros mismos. Nuevos derechos, por nuevas necesidades sociales y nuevos estados de conciencia ampliados, que vamos adquiriendo a lo largo del tiempo.

 

El veganismo es una respuesta política, social, es filosofía práctica ante el paradigma de la violencia y del “qué me importa”, “ojos que no ven, corazón que no siente”, consumamos sin más.

 

Los ojos se están abriendo, no hay forma de no ver en las redes videos de matanza de animales, torturas, etc. También, podemos ver la contraparte de prácticas armónicas y amorosas como: huertas orgánicas, charlas, cursos de cocina vegana, resistencia por la liberación animal de los zoo, pedidos de inclusión de menú vegano, etc.

 

Son nuevos tiempos, hay nuevas necesidades de respeto e integración de la diversidad, de la no violencia. Estamos construyendo nuevas rutas y nuevos lenguajes que aceptan y abrazan la diversidad de color, las diversidades sexuales, de edad y de especie. Nos estamos transformando como humanos, por eso luchamos y eso también se ve reflejado en leyes y ampliación de derechos.

 

Estos cuerpos dóciles al sistema de poder que oprime, con dispositivos de poder hemegómicos, victimizantes, esclavizantes y torturantes, están soltando sus cadenas, entendiendo que el poder de su propia subjetividad es muy grande y estamos cambiando la historia, pese al horror y el dolor de tantos hermanos animales y el reguero de sangre que estamos dejando bajo nuestros pies.

 

Que nuestros cuerpos sean templos de amor y no cementerios, depende de nosotros y nuestra práctica cotidiana. Ir más allá y colaborar desde una cooperación entre reinos, teniendo en cuenta las interrelaciones entre ecología, ambiente, alimentación, género, es nuestra propuesta superadora, para liberarnos de la dialéctica opresor-oprimido y vivir mundos nuevos, más equilibrados y más justos.

 

Me cansé de ver camiones que llevan animales al matadero en las rutas, todos estos últimos años. También de ver hectáreas y hectáreas de soja para alimentar ganado, como ellos dicen, en el extranjero o hacer biocombustibles.

 

En el Día Internacional del Veganismo, seguimos trabajando e impulsando este cambio cultural, que tiene que ver con el respeto a la biodiversidad y la ampliación de derechos para cada vida. Como diría una compañera querida, veganismo, es servicio.

 


 

Contacto:

Lic. Mariela Silvestein

Socióloga y Terapeuta

Co-coordinadora Área Prensa

+54 911 3265 5010

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ESTRENO: DOCUMENTAL "RESISTENCIA A DESAPARECER" 



Jueves 12 de Octubre, desde las 18:30hs., nos reunimos en Espacio Viarava (Yrigoyen 136), para compartir el Estreno del Documental: "Resistencia a Desaparecer", un film de la Agencia Cadena del Sur. ¿Dónde está Santiago Maldonado? ¿Cuáles son los intereses económicos que hay detrás de la persecución a los Pueblos Originarios, hoy enemigos públicos número 1?

Nuevo encuentro del Ciclo Defender la Vida, en Capilla del Monte, organizado por la Regional Córdoba de la ONG Conciencia Solidaria.

¡Los esperamos!

Para más información:

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